La inteligencia artificial (IA) ya no es una herramienta aislada de innovación. Se ha convertido en una fuerza transversal que está transformando la economía, el trabajo, la salud mental y los vínculos sociales. En este contexto, el libro Inteligencia artificial, robótica y nuevas tecnologías: retos económicos y sociales. ¿Entre el cielo y el infierno?, de los autores Germán Alarco, Patricia del Hierro y Piero Saénz, plantea una reflexión urgente: ¿cómo usar la tecnología sin perder de vista el bienestar humano?
El texto señala que el mundo está atravesando un nuevo ciclo económico, impulsado por tecnologías como la IA, la robótica, la biotecnología y los gemelos digitales. Estas innovaciones prometen resolver grandes problemas, pero su acceso limitado y los riesgos que conllevan también amenazan con profundizar desigualdades sociales y económicas.
En términos económicos, las tecnologías emergentes reordenan el empleo, la inversión, el consumo y hasta la inflación. Mientras organismos como el Foro Económico Mundial proyectan escenarios con empleos más flexibles y globalizados, estudios también advierten que entre el 9% y el 57% de los empleos actuales podrían automatizarse en los próximos 15 años. En América Latina, entre el 16% y el 32% de los trabajos corren riesgo, especialmente entre jóvenes con menor formación técnica.
En países como el Perú, con alta informalidad y baja productividad, la transición tecnológica puede tener efectos desiguales. La dependencia de desarrollos externos, sumada a las debilidades estructurales del mercado laboral, podría traducirse en menor competitividad e innovación a corto plazo.
El impacto de la IA no es solo económico. Los autores también alertan sobre sus efectos sociales. Las nuevas generaciones podrían ver afectadas sus habilidades emocionales, la empatía y la salud mental en un entorno dominado por pantallas, algoritmos y relaciones virtuales. Para contrarrestarlo, se propone cultivar inteligencias emocional, física, contextual e inspirada, competencias humanas que la tecnología aún no puede replicar.
Además, los riesgos de mal uso son evidentes: desinformación mediante fake news, manipulación algorítmica, uso indebido del big data o la creación de armas autónomas. Estos escenarios no solo representan amenazas a derechos individuales, sino también a la estabilidad democrática y la seguridad global.
Ante estos desafíos, los autores proponen una estrategia de tres frentes: fortalecer la sociedad civil, consolidar un Estado eficiente y proteger espacios esenciales como el arte, la cultura y el pensamiento crítico. La tecnología debe ponerse al servicio de la humanidad, y no al revés.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa para resolver problemas estructurales. Pero también puede acentuar la precariedad si no se toman decisiones éticas, inclusivas y sostenibles. Como concluye el libro, el futuro aún no está escrito: dependerá de las decisiones colectivas que tomemos hoy.









